Primero vino Disney, y como una mala plaga o una mala mancha que no se va ni con el mejor quitamanchas de la galaxia (lo dice la señora que viene del futuro para hacer anuncios de detergente), pasada la adolescencia y el mito del “principe azul”, llegó Sexo en NY, Anatomía de Grey o Friends.
Te imaginabas en un ático en pleno centro, viviendo con tu amigo gay, ese que todo el mundo tiene (já já já) al estilo Will y Grace. Y la verdad es que en proporción directa al paso del tiempo, te empiezas a ver más como la solterona de los Simpsons, con 30 gatos, dos únicos dientes, una mecedora (al menos se mueve), un álbum de fotos que estarás encantada de enseñar a todo el que pise tu césped y un cuenco con caramelos de aquellos que te regalaron por tus 45 años de soltera y que son la visita directa a un dentista.
Pero sigues con tu ilusión (¡Joder! Si pulgarcita encontró a su hombre de 10 centímetros, ¿por qué tú no? Aunque lo prefieres mínimo de 15).
Poco a poco vas llenando tu vida de inútiles puntos de cordura dentro de un ovillo de majaderías al borde de un acantilado (¿cómo llegó ahí?). Te vas llenando de despedidas que más que despedidas parecen paquetes contra-reembolso y de “te quiero“, que más que “te quiero”, parecen bombas a punto de estallarte en la cara.
Llegas un día a casa (esa que más que un ático en el centro parece un centro de desintoxicación de recuerdos) pensando en lo genial que es tu vida, a pesar de que no tienes dinero, ni tiempo, ni familia, ni trabajo, pero tienes al Doctor Macizo.
Posiblemente, después de un tiempo, el Doctor Macizo te suelte una de esas múltiples excusas (llámese: no eres tú, soy yo) y tú te quedes con la sonrisa de gilipollas (no se puede expresar mejor) que tenías hace 10 minutos, solo que el sentimiento y la emoción pasa de ser de alegría a patetismo (todo ello camuflado detrás de la sonrisa de gilipollas) y ahí está: te acabas de dar en todos los morros (¡zasca!).
Decides enterrarle como Budd a Beatrix Kiddo en Kill Bill (es decir, cambiar su recuerdo de un lado del cerebro a otro y sus cosas de tu casa al contenedor) y después de un tiempo de luto, de repugnancia hacia el sexo opuesto y toda la parafernalia correspondiente, cierto día vuelves a poner esa sonrisa de gilipollas y ya estás jodida otra vez.
Y así transcurre una vez tras otra, entrando en un círculo cerrado del cual solo vas a poder salir el día que el señor de la guadaña te llame a su vera (esperemos que no sea justo cuando den tu novela favorita, esa que ves al lado de tus 30 gatos comiendo caramelos).
Te imaginabas en un ático en pleno centro, viviendo con tu amigo gay, ese que todo el mundo tiene (já já já) al estilo Will y Grace. Y la verdad es que en proporción directa al paso del tiempo, te empiezas a ver más como la solterona de los Simpsons, con 30 gatos, dos únicos dientes, una mecedora (al menos se mueve), un álbum de fotos que estarás encantada de enseñar a todo el que pise tu césped y un cuenco con caramelos de aquellos que te regalaron por tus 45 años de soltera y que son la visita directa a un dentista.
Pero sigues con tu ilusión (¡Joder! Si pulgarcita encontró a su hombre de 10 centímetros, ¿por qué tú no? Aunque lo prefieres mínimo de 15).
Poco a poco vas llenando tu vida de inútiles puntos de cordura dentro de un ovillo de majaderías al borde de un acantilado (¿cómo llegó ahí?). Te vas llenando de despedidas que más que despedidas parecen paquetes contra-reembolso y de “te quiero“, que más que “te quiero”, parecen bombas a punto de estallarte en la cara.
Llegas un día a casa (esa que más que un ático en el centro parece un centro de desintoxicación de recuerdos) pensando en lo genial que es tu vida, a pesar de que no tienes dinero, ni tiempo, ni familia, ni trabajo, pero tienes al Doctor Macizo.
Posiblemente, después de un tiempo, el Doctor Macizo te suelte una de esas múltiples excusas (llámese: no eres tú, soy yo) y tú te quedes con la sonrisa de gilipollas (no se puede expresar mejor) que tenías hace 10 minutos, solo que el sentimiento y la emoción pasa de ser de alegría a patetismo (todo ello camuflado detrás de la sonrisa de gilipollas) y ahí está: te acabas de dar en todos los morros (¡zasca!).
Decides enterrarle como Budd a Beatrix Kiddo en Kill Bill (es decir, cambiar su recuerdo de un lado del cerebro a otro y sus cosas de tu casa al contenedor) y después de un tiempo de luto, de repugnancia hacia el sexo opuesto y toda la parafernalia correspondiente, cierto día vuelves a poner esa sonrisa de gilipollas y ya estás jodida otra vez.
Y así transcurre una vez tras otra, entrando en un círculo cerrado del cual solo vas a poder salir el día que el señor de la guadaña te llame a su vera (esperemos que no sea justo cuando den tu novela favorita, esa que ves al lado de tus 30 gatos comiendo caramelos).
Pd: No, no estoy amargada ni premenstrual, aunque pueda parecerlo.
No se si K o S, pero es guay.
ResponderEliminarPD: corre platanoooooo!
Me gusta :)
ResponderEliminarRafa Pons va a Zamora, pero creo que se pasará por sitios diversos...
Bueno, tiempo al tiempo, a ver si yo he tenido 105 seguidores de la noche a la mañana!
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